Laura Córdoba: "Catamarca en mi corazón"

Hace poco se cumplieron doscientos años de la Autonomía de Catamarca. Una ciudad legendaria de la región del Norte Grande Argentino, con alma de pueblo y en su esencia la Virgencita del Valle que invita al milagro cotidiano.

Los contornos de sus montañas, se funden en los azules del cielo con la belleza arquitectónica italianizante de sus construcciones urbanas más antiguas. En su corazón expectante reposa la catedral que convoca a sus hijos en cuerpo y alma, a los peregrinos en busca de esperanza y a los forasteros, que como yo nunca la habían visitado.

Volver al pago

Este invierno, mi corazón la visitó por primera vez. Fue en el comienzo de una tarde patagónica, el mar nos despedía con sus olas apagadas. Ballenas jugueteando por la costa que une Caleta Olivia con la ciudad de Comodoro Rivadavia. Así emprendimos un largo trayecto hacia “el pago”, ese lugar en el imaginario de generaciones de nacidos y criados que heredaron incontables historias de sus raíces norteñas. Después de transitar más de un año de pandemia, mi cuerpo pedía a gritos poder escapar del letargo cotidiano al cual nos sometieron. Pesada soledad a la que fuimos condenados.

Cada kilómetro de los más de 2300 que nos separan con San Fernando del Valle de Catamarca parecen eternos. Un trayecto interminable me invitaba en cada centímetro a imaginar esas primeras oleadas de catamarqueños, que esperanzados con mejores oportunidades de vida migraron al sur, dando vida a Cañadón Seco, Caleta Olivia y Comodoro Rivadavia. Lejos de la tierra que los vio nacer, abrazaron al sur con su fuerza de trabajo, entre cigüeñas, mesetas y oro negro cambiaron la tierra de cosechas, sol y verdor por el frío viento patagónico. Por los inviernos en los pozos petroleros, el mar y la vida en campamentos que comenzaban a instalarse allá por la década de los ’60.

¿Cuántos pensamientos, deseos y esperanzas habrán pasado mis coterráneos en esos interminables viajes del vuelta al pago? ¿Cuántas historias sin contar quedarán ocultas u olvidadas… perdidas con el paso del tiempo implacable? ¿Cuántas promesas sin cumplir y plegarias habrán trascendido la distancia de los tiempos y lugares?

Cuando viajé a Catamarca, todo el camino soñé. ¿Cómo sería esa tierra dormida que alejaba a sus hijos? ¿Cuánta desdicha habrán tenido que soportar para alejarse de su terruño? Había escuchado muchas historias, había transitado más de cuatro décadas de mi existencia y no había podido encontrar respuesta a una pregunta tan simple ¿Por qué no te conocí antes? Si, al despertar en tu pago mi corazón se abrió de par en par para recibir al sol de tu cielo, las montañas sagradas me hablaron de la fuerza de tu legado y el calor de tu gente en apenas unos instantes conmovieron mi alma.

Nunca me sentí tan cerca de casa como en tu tierra. Las callecitas de una ciudad adornada con naranjos me invitaban a caminarla suavemente. Tus aromas norteños en mi ADN me hicieron saborear cada rincón de tu paisaje, probar los rosquetes, empalagarme con tus nueces confitadas, conocer a mi nueva familia catamarqueña y sumar anécdotas imborrables en mi memoria. Desde cocinar un asado en La Puerta, compartir el mate y disfrutar el sol de un río en invierno, hasta ungir con el agua bendita de tu vientre en mis manos. Recorrer tu catedral inundada de promesas, agradecimientos y esperanzas acomodaron los engranajes en la rigidez de mi cuerpo. Difícil es poder describirlo, pero, a pesar de la oscuridad pandémica de los últimos tiempos, una vez más encontré luz en una ciudad que estaba perdida en los recuerdos de mis ancestros.

Alejada de mi tierra natal en el tiempo y espacio. Allí estaba yo, con mi mano puesta en la reja que custodiaba a tu Virgencita del Valle, la fuerza de su magia entró en mi mente para recibir temblorosa su gracia. Pedí perdón. Ore por la salud de mis seres amados. Y por todos aquellos a quienes nunca conoceré. Pedí tener fuerzas y esperanza para un nuevo comienzo. No pude ir más allá cuando unas lágrimas silenciosas se deslizaron imprevistamente por mis mejillas. El milagro estaba hecho y volví a sentir paz en mi corazón después de muchos inviernos.

Peregrinos de un mismo barro

Crecí con el olor a Tinogasta en mi mente, el pan casero en los hornos de barro, la tortilla con chicharrones y los verdes infinitos de tu paisaje inundando mis ojos. Pero jamás podría haberlo imaginado en su plenitud. Creí en tantas historias de la “valija detrás de la puerta” pero cuando te vi entendí porque tus hijos añoraban siempre regresar a tus brazos. Quizás sea la ternura en tu gente, o tal vez seas como la magia de tu virgencita querida lo que te regresa a tu tierra natal.

Crecí con cierto resquemor heredado. Escuchando durante años decir “el cata… pata sucia…”, ese migrante norteño que venía al sur a ‘hacerse la América’ fue un retrato que desde mi infancia incorporé como una suerte de verdad. Era imaginar al catamarqueño como un tipo soberbio que regresaba al pago con anillos de oro, en traje y corbata, en vehículos con aire acondicionado presumiendo la grandeza de haber cumplido el sueño del ‘oro negro’. Entre las contradicciones de esa herencia me imaginaba una tierra tan incierta como el lejano oeste… pensaba en aridez, penurias y desencantos. Sin embargo, conocí una ciudad que con su luz abrazó a la modernidad manteniendo su identidad originaria, su arquitectura, sus rituales, sus celebraciones… conocí gente de ciudad con alma de pueblo. Disfruté una Catamarca pujante con bicisendas repletas de gente, rutas planificadas para un turismo de este siglo. Vi progreso, trabajo y dignidad.

Pensé en los amigos de tu pago, que partieron antes de tiempo. En las ganas de recorrerte en toda tu extensión, contemplarte como lo hicieron mis antepasados. Conocerte en cada rincón de tu tierra. Sumergirme con una luna llena en las aguas de tus Termas de Fiambalá, visitar Medanitos, contemplar un atardecer en Las Dunas de Tatón y conocer más sobre tu minería en Belén y Palo Blanco. Descubrir los vestigios de tu pasado prehispánico, tu patrimonio arqueológico y quizás apaciguar el calor de una noche de verano en Las Estancias. Y finalmente, allí, en la tierra donde descansan los huesos de nuestros ancestros elevar una plegaria por el descanso de sus almas. Sé que pronto he de volver.

Texto: Laura Córdoba

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