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Dejó la escuela para trabajar en el campo y décadas después decidió volver a las aulas
A los 39 años, Mariano Huenchufil decidió contar una historia marcada por el trabajo rural, los aprendizajes, la familia, la fe y, sobre todo, la convicción de que nunca es tarde para volver a empezar. Su recorrido comenzó en Pico Truncado, cuando con apenas 10 años tomó la decisión de dejar la escuela para irse a trabajar al campo. Hoy, después de haber construido su familia y consolidado su vida laboral, terminó la primaria y cursa el secundario.
- Por El Caletense | 13/08/2026
Mariano nació en Pico Truncado en 1987, en una familia integrada por sus padres, Mariano y Elsa, y su hermana. Su padre había nacido en Río Negro, en Arroyo Verde, y era un hombre de campo que aprendió a leer y escribir durante el servicio militar. Su madre, en tanto, nació en Coyhaique, Chile, y llegó a la Argentina en un contexto político complejo. Sus padres se conocieron en Comodoro Rivadavia, donde una coincidencia geográfica terminó convirtiéndose en una historia de amor: él concurría a una iglesia y ella vivía a pocos metros.
Su infancia transcurrió en un Pico Truncado muy diferente al actual. Mariano recuerda las calles, los juegos con amigos, la pelota, las bolitas y las gomeras, pero también una época en la que los vecinos se conocían y cuidaban a los chicos del barrio. Sin embargo, desde muy pequeño comenzó a sentir que quería trabajar y tener sus propias cosas.
A los 10 años abandonó la escuela, después de haber llegado hasta tercer o cuarto grado. Reconoce que no le gustaba estudiar y que también existían dificultades económicas que le impedían acceder a algunas cosas que quería. Empezó con pequeñas changas, limpiando autos y juntando latas y diarios para vender. Poco después llegó una oportunidad que terminaría marcando su vida: irse al campo.
Su padre, aunque siempre había insistido en que debía estudiar, terminó acompañando aquella decisión. Mariano recuerda especialmente la imagen de su papá llorando en la puerta de su casa cuando le anunció que se iría. “Necesito comprar mis cosas”, fue una de las razones que le dio. Con apenas 10 años emprendió así un camino que lo llevaría por distintas estancias de la zona.
Comenzó como ayudante de amansador, acompañando a hombres que trabajaban con caballos y participando de arreos. Viajó a caballo entre establecimientos rurales, llegó a recorrer alrededor de 70 kilómetros en dos días y dos noches y aprendió progresivamente los distintos oficios vinculados al campo. Vivió en lugares donde no había camas y dormía en el piso, aprendió a esquilar, a trabajar con alambrados y a desenvolverse prácticamente solo.
Pero el campo también le enseñó que no todo era trabajo. Hubo momentos de soledad, miedo y situaciones difíciles. En una oportunidad, mientras estaba solo, cayó de un caballo y quedó muy golpeado sobre un terreno de piedras. No tenía cómo avisarle a su familia. Horas después, durante la madrugada, su padre llegó a visitarlo y lo encontró lastimado. Aquella escena quedó grabada en su memoria como una muestra del vínculo que siempre mantuvieron.
A lo largo de esos años también encontró personas que se convirtieron en verdaderos referentes. Una de ellas fue Alejandro Palma, un hombre cercano a su padre que lo recibió en una estancia y terminó ocupando un lugar fundamental en su formación. Mariano lo recuerda como una especie de padrino en el campo: alguien que lo cuidó, le enseñó y lo ayudó a crecer sin perder el respeto ni la responsabilidad.
A los 14 años fue emancipado para poder continuar trabajando formalmente. Permaneció en el ámbito rural hasta los 18 años, cuando comenzó una nueva etapa. Una oportunidad laboral lo llevó al sector petrolero, primero realizando tareas de alambrado y luego incorporándose al trabajo en plantas. Con el tiempo fue aprendiendo diferentes funciones y encontró allí una estabilidad que le permitió construir su futuro.
En paralelo, la vida también le dio una compañera. Conocía desde pequeño a quien luego sería su esposa, ya que sus familias tenían vínculos a través de la iglesia. Llevan alrededor de 16 años juntos, tienen dos hijos y construyeron su hogar con esfuerzo compartido. Mariano destaca especialmente el papel de su esposa, a quien define como uno de los pilares fundamentales de su vida y de su familia.
La vida familiar también atravesó momentos difíciles. Una enfermedad golpeó a su esposa y puso a toda la familia frente a una situación compleja. La recuperación fue un proceso que Mariano atravesó desde la fe y el acompañamiento familiar. Para él, Dios ocupa un lugar central en su historia y en cada una de las etapas que le tocó atravesar.
Pero quizá uno de los capítulos más significativos de su presente comenzó cuando decidió regresar a las aulas.
Después de décadas de haber dejado la escuela, Mariano sintió que tenía una etapa pendiente que necesitaba cerrar. Terminó la primaria en el Colegio 14 y, prácticamente de inmediato, decidió continuar con el secundario. Actualmente cursa sus estudios y reconoce que no siempre resulta sencillo compatibilizar el trabajo, la familia y las obligaciones escolares. Sin embargo, tiene claro que quiere terminar.
“Nunca es tarde”, es una de las ideas que atraviesa su relato. Para Mariano, estudiar no significa solamente obtener un título: representa demostrarle a sus hijos que siempre se puede aprender y que los sueños no tienen fecha de vencimiento.
Incluso comparte actualmente el camino educativo con su propia hija, que también cursa sus estudios. Así, aquella persona que a los 10 años abandonó la escuela para trabajar hoy vuelve a sentarse frente a los libros, acompañado por su familia y alentado también por sus compañeros de trabajo.
Su historia también está atravesada por una profunda mirada hacia sus raíces. Cada vez que puede vuelve al campo, un lugar que asegura amar y respetar porque conoce de primera mano el sacrificio de quienes trabajan allí. Mariano sostiene que el trabajo rural muchas veces no recibe el reconocimiento que merece y recuerda a personas que, pese a toda una vida de esfuerzo, tuvieron pocas oportunidades de acceder a la educación.
Con sus propios hijos intenta transmitir precisamente aquello que aprendió durante su recorrido: el valor del respeto, la educación, el esfuerzo y la responsabilidad. Para él, las cosas deben ganarse y los buenos modales siguen siendo fundamentales: saludar, agradecer, ayudar en la casa, respetar a los mayores y entender que detrás de cada cosa existe un esfuerzo.
Hoy, Mariano mira hacia atrás y reconoce que ya no está en el mismo lugar donde comenzó. Aquella imagen del niño que dormía en el piso de una estancia contrasta con la del hombre que construyó su hogar, formó una familia, consolidó su trabajo y decidió volver a estudiar.
Su historia no intenta presentar un camino perfecto. Por el contrario, está llena de decisiones difíciles, errores, sacrificios y momentos de incertidumbre. Pero justamente allí reside su mensaje. Desde el espacio “Historias que inspiran”, Mariano Huenchufil dejó una invitación sencilla para quienes tienen alguna asignatura pendiente: animarse a estudiar, aprender y cerrar aquellas etapas que alguna vez quedaron inconclusas.
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