Fabio Monzon: Un ACV, cuatro años de recuperación y una nueva mirada sobre la vida

El médico psiquiatra y perito forense repasó su vida, su llegada a Santa Cruz, la construcción de su familia y el duro proceso de recuperación que atravesó luego de sufrir un ACV hemorrágico. “De lo malo se sale, cuesta, pero se sale”, sostuvo.

Fabio Monzón tiene 60 años y una historia atravesada por la medicina, el desarraigo, la familia, el trabajo y una experiencia que cambió para siempre su manera de mirar la vida. Nacido en Resistencia, Chaco, en agosto de 1965, pasó parte de su infancia en Santa Cruz y posteriormente se trasladó a Corrientes, donde estudió Medicina y se recibió en 1998.

Su recorrido profesional lo llevó por distintos ámbitos de la psiquiatría hasta desembarcar nuevamente en Santa Cruz. En 2005 llegó a Caleta Olivia junto a su esposa, a bordo de un “Golcito gris”, como recuerda entre risas, buscando un futuro diferente.

Comenzó a trabajar en el Hospital Zonal de Caleta Olivia, donde permaneció hasta 2008. Desde entonces se desempeña como psiquiatra forense dentro del Poder Judicial, formando parte del ámbito pericial del Tribunal Superior de Justicia de Santa Cruz.

Pero detrás del profesional reconocido existe una historia mucho más personal. Una historia que incluye la construcción de una familia, el desarraigo y, fundamentalmente, una segunda oportunidad después de atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida.

Monzón reconoce que adaptarse a Santa Cruz no fue sencillo. El desarraigo fue, durante muchos años, uno de los aspectos que más le costó afrontar. “Hasta 2022 extrañaba mucho el Chaco y Corrientes”, contó durante su visita a el programa Impacto Positivo. Sin embargo, con el paso de los años, sus hijos, su trabajo y su vida construida en Caleta Olivia fueron transformando aquella sensación.

Aunque sus hijos nacieron en Comodoro Rivadavia, ambos crecieron en Caleta Olivia, donde hicieron su jardín y comenzaron su escolaridad, hoy, la ciudad dejó de ser simplemente el lugar donde trabaja: “Acá es mi casa”, resumió.
Su familia ocupa un lugar central en esa transformación. Fabio y su esposa Roxana están juntos desde 2001 y atravesaron juntos un largo camino para convertirse en padres.


La llegada de sus hijos fue también una historia de perseverancia.

La pareja tuvo dificultades para convertirse en padres y recurrió a tratamientos de fertilización asistida. El primer intento no prosperó y significó un golpe emocional muy fuerte. Tiempo después llegó Fernando, nacido el 24 de septiembre de 2003. La felicidad de convertirse en padre fue, según recordó, indescriptible. Luego llegó una sorpresa inesperada, Roxana sospechó que estaba embarazada de manera natural, el resultado fue positivo y nació Nicole, completando la familia. Para Monzón, sus hijos son hoy uno de los principales motivos para seguir adelante y una de las razones por las que la experiencia que atravesó en 2022 adquirió una dimensión todavía mayor.

La elección de la psiquiatría tampoco fue algo que tuviera completamente decidido desde el comienzo.

Después de recibirse de médico en Corrientes, atravesó un período de incertidumbre. Había conseguido el título, pero no sabía exactamente qué camino seguir. Un amigo le preguntó si tenía matrícula y le ofreció hacer una guardia en una clínica psiquiátrica, aceptó. Fue, según sus propias palabras, un “amor a primera vista”. Comenzó a interesarse profundamente por las enfermedades mentales y por la complejidad de los vínculos familiares y sociales que rodean a quienes atraviesan padecimientos de salud mental.

Posteriormente realizó una concurrencia en el Hospital San Francisco de Asís, en Corrientes, y continuó su formación con una rotación en Córdoba, hasta obtener la certificación universitaria como especialista en Psiquiatría. Su trabajo luego lo llevó al ámbito de la psiquiatría forense, una tarea que implica evaluar, entre otras cuestiones, si una persona comprendía la naturaleza y las consecuencias de un acto delictivo al momento de cometerlo.

También interviene en causas civiles, por ejemplo, para determinar posibles padecimientos mentales vinculados con accidentes laborales. “Es una situación difícil. Muchas veces estás entre la espada y la pared”, explicó.

Durante años, Monzón estuvo acostumbrado a escuchar los problemas de otras personas, acompañarlas y buscar respuestas profesionales. Pero en noviembre de 2022 la situación cambió radicalmente. En aquel momento se encontraba atravesando uno de los mejores períodos de su carrera profesional. Tenía una importante cantidad de pacientes y también desarrollaba actividades particulares. El 23 de noviembre de 2022 sufrió un accidente cerebrovascular hemorrágico provocado por una crisis hipertensiva severa. La gravedad del cuadro hizo necesaria una intervención urgente.

Fue trasladado inicialmente a Comodoro Rivadavia y posteriormente derivado a Buenos Aires, donde fue intervenido mediante un procedimiento endovascular. El propio Monzón reconoce que gran parte de lo sucedido durante aquellos primeros meses lo conoce por el relato de quienes estuvieron a su lado, especialmente su esposa.

Pasó semanas y meses con importantes secuelas. Tuvo una traqueotomía, necesitó asistencia para realizar tareas básicas, utilizó silla de ruedas y atravesó dificultades para caminar, controlar sus movimientos y recuperar la motricidad fina.

Durante un tiempo no sabía quién era, “no sabía que era casado”, recordó. Su memoria se encontraba seriamente afectada. Cuando volvió a encontrarse con Roxana y sus hijos, comenzó lentamente a reconstruir quiénes eran y qué lugar ocupaban en su vida. Incluso llegó a preguntarse si realmente era médico. En otro momento intentó escribir nombres de medicamentos y descubrió que tampoco podía hacerlo como antes. Para un profesional acostumbrado a trabajar con la mente humana, encontrarse en esa situación significó un desafío especialmente complejo.

Pasó horas realizando fisioterapia y kinesiología. Ejercitaba durante la mañana y la tarde, trabajando para recuperar movimientos que antes realizaba naturalmente. Durante un período llegó a pesar aproximadamente 53 kilos, cuando antes del ACV superaba los 100. No podía caminar y llegó a pensar que probablemente tendría que pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.

Pero poco a poco comenzaron los avances, primero pudo sentarse y levantarse, después logró ponerse de pie. Finalmente, llegó el momento de volver a caminar. Para él, esos pequeños avances tenían el valor de una hazaña.

Uno de los recuerdos que más lo moviliza es el de sus hijos celebrando cada logro de su padre como si se tratara de un gol en una final del mundo. “Cuando me paré, mi hijo lo vivió como si hubiera hecho un gol”, recordó emocionado.

La presencia de Roxana y de sus hijos fue determinante durante todo el proceso, mientras Fabio luchaba por recuperar sus capacidades, su esposa tuvo que afrontar otra batalla. Roxana se trasladó a Buenos Aires para acompañarlo mientras sus hijos permanecían temporalmente en Caleta Olivia al cuidado de personas de confianza. Tenía que ocuparse de su marido internado, pero también mantener el vínculo con sus hijos, organizar su vida cotidiana, lavar ropa, conseguir alojamiento y sostener emocionalmente a toda la familia. “Ella fue el pilar”, afirmó.

Con el tiempo, ambos entendieron que las consecuencias emocionales de aquella experiencia no desaparecen simplemente porque el paciente vuelva a caminar.

Fabio, por su parte, reconoció que durante mucho tiempo había considerado innecesario hacer terapia. Paradójicamente, siendo psiquiatra, entendió después de su propia experiencia que también necesitaba ayuda profesional. “Yo no hice terapia en su momento. Fue un error mío”, admitió. Actualmente continúa trabajando sobre las consecuencias emocionales y psicológicas de lo vivido.

El ACV también lo obligó a revisar hábitos que durante años había considerado normales. Monzón era un fumador empedernido llegaba a consumir entre 70 y 80 cigarrillos diarios.. También comenzó a prestar mayor atención a los controles médicos y a la prevención. En ese sentido, dejó uno de los mensajes más importantes de la entrevista: no esperar a que aparezca un problema para comenzar a cuidarse. Recomendó realizar controles clínicos y cardiológicos, controlar la presión arterial y prestar atención a los factores de riesgo. “Yo era el principal que decía a mí no me va a pasar”, reconoció.

Su propio ACV fue consecuencia de una crisis hipertensiva severa que terminó provocando la ruptura de una arteria cerebral. Después de haber estado al borde de perderlo todo, Fabio reconoce que cambió su perspectiva sobre la vida. Antes sentía que podía con todo. Se consideraba prácticamente invencible.

No habla de miedo permanente a la muerte, sino de una nueva conciencia sobre la fragilidad humana, "sentís que tenés que vivir el día. Mañana queda muy lejos”, expresó. También cambió su manera de relacionarse con los problemas cotidianos. Situaciones que antes podían parecer enormes hoy adquieren otra dimensión. El médico que durante años acompañó a otras personas en sus crisis tuvo que aprender, en carne propia, a aceptar sus propias limitaciones. Y en ese proceso descubrió que pedir ayuda no es una debilidad.

Fabio destaca especialmente a su esposa, sus hijos, familiares, amigos, profesionales de la salud, kinesiólogos, fisioterapeutas y médicos que participaron de su recuperación. “De lo malo se sale. Cuesta, muchas veces cuesta, pero se sale”, sostuvo.

Para él, la recuperación no fue producto de una única persona, sino de una red de personas que estuvieron presentes cuando no podía valerse por sí mismo. También destacó la importancia de aceptar la rehabilitación, incluso cuando los ejercicios parecen absurdos o imposibles. Hubo momentos en los que pensaba que nunca volvería a caminar. Sin embargo, siguió trabajando. Cuatro años después, todavía continúa con kinesiología y comenzó a incorporar actividad física adaptada a su nueva realidad. Ya puede manejar, trabajar y desenvolverse de manera autónoma.

Fabio no oculta que el proceso dejó secuelas. La agilidad todavía es una de las capacidades que busca recuperar. Continúa trabajando físicamente y también emocionalmente. Pero tampoco quiere volver exactamente a ser quien era. “Gracias a Dios, el de antes ya no soy”, afirmó.

Reconoció que antes podía ser una persona muy soberbia y que creía que podía resolverlo todo, ahora intenta vivir de otra manera. Busca ser más sencillo, escuchar más y comprender las dificultades de las personas que llegan a su consultorio. “Yo soy lo que soy gracias a mis pacientes”, expresó. Para Monzón, quienes confiaron en él durante todos estos años fueron también parte fundamental de su propia historia.

La historia de Fabio Monzón no es solamente la de un médico que sufrió un ACV y logró recuperarse.

Es la historia de un hombre que tuvo que reconstruir su identidad, volver a aprender movimientos básicos, aceptar depender de otros, enfrentar sus propios miedos y comprender que incluso quien dedica su vida a ayudar a los demás también puede necesitar ayuda.

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