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Ramona Fernández y la misión de mantener viva la memoria de Caleta Olivia
Creció entre los barrios de YPF, las escuelas, el arte y una comunidad marcada por la solidaridad. Décadas después, Ramona Fernández transformó aquellos recuerdos en una obra literaria dedicada a conservar la historia de Caleta Olivia y Santa Cruz.
- Por El Caletense | 05/09/2026
Ramona Fernández llegó a Caleta Olivia cuando apenas tenía dos meses de vida. Sus padres habían dejado Catamarca para buscar en el sur un nuevo porvenir y su padre comenzó a trabajar en YPF. Desde entonces, su historia quedó profundamente ligada a la ciudad: creció en los antiguos barrios petroleros, estudió en la Escuela N.º 28, fue docente, artista, investigadora y, con el paso de los años, convirtió sus recuerdos y los relatos de otros vecinos en libros que buscan preservar la memoria caletense.
En diálogo con El Caletense Radio, en el programa Magdalena 98.5, Fernández recorrió parte de esa historia y habló sobre su infancia, los años de YPF, la educación, los cambios sociales y su camino como escritora, que comenzó a hacerse público recién en los últimos años.
Una infancia entre los barrios de YPF
Fernández nació en Villa San Roque, Tinogasta, Catamarca. Su padre, Juan Ignacio Ruperto Fernández, había viajado al sur en 1954 para trabajar en YPF y un año después llevó a su familia a Caleta Olivia. “Yo vengo a vivir ya desde el año 55”, recordó. Tenía apenas dos meses.
Los primeros años transcurrieron entre el barrio Mar del Plata y el entonces nuevo barrio 26 de Junio, donde la familia recibió una de las viviendas de YPF. Antes de eso, su padre había vivido en los campamentos de Cañadón Seco, en los tradicionales pabellones de la empresa estatal.
“En ese momento era un campamento”, recordó sobre Cañadón Seco, muy diferente de la localidad que existe actualmente. Fernández conserva fotografías de aquella época y buena parte de esos recuerdos terminaron formando parte de sus investigaciones posteriores.
En el barrio Mar del Plata compartió sus primeros años con familias como los Abarzúa, Mansilla, Moreno y Cruz, mientras que también mantenía un vínculo cercano con otras familias de la zona. Su madre, María Luisa Fernández, aprendió a coser gracias a una vecina y comenzó a realizar trabajos con una máquina de coser.
Aquella vida cotidiana estaba marcada por un modelo familiar diferente al actual. Las mujeres eran principalmente amas de casa y tenían a su cargo una enorme cantidad de tareas vinculadas con la crianza, la educación y el cuidado del hogar. “Siempre se habla de la familia, se habla de los hombres, y la madre era el sostén de todo”, reflexionó Fernández, al recordar el papel que tenían las mujeres de aquella época.
El barrio 26 de Junio y la escuela como punto de encuentro
Cuando la familia se trasladó al barrio 26 de Junio, Fernández comenzó a construir allí buena parte de sus recuerdos de infancia. Vivió sobre la calle Mosconi, frente a lo que posteriormente sería conocido como el sector del antiguo Caruso.
También recuerda pequeños comercios que formaban parte de la vida cotidiana del barrio, como el bar Tricolor y La Tablita, de Rolando Quintero. Eran lugares de paso para trabajadores y vecinos, especialmente para quienes llegaban desde el campo. “Era lo que se usaba antes”, explicó al recordar aquellos espacios que funcionaban como puntos de encuentro.
La escuela ocupó un lugar central en esa etapa. Fernández estudió en la Escuela N.º 28, una institución vinculada a la comunidad de YPF, y conserva especialmente los recuerdos de la directora, la señora de Ballina.
Entre sus memorias más queridas aparecen las mañanas en las que los alumnos recibían facturas, mate cocido o leche. “Nosotros estábamos siempre pendientes de eso, porque ya a las diez de la mañana se sentía el olorcito”, recordó entre risas.
También recordó las dificultades de aquellos años, particularmente la falta de agua. Aunque el edificio escolar era cálido y los alumnos no pasaban frío en el interior, en los baños debían utilizar tachos de aproximadamente 200 litros para disponer del recurso.
Para Fernández, la escuela no se limitaba entonces a enseñar contenidos. Los docentes también cumplían un fuerte rol de acompañamiento social y personal. “Había mucho acompañamiento, había vocación”, sostuvo, aunque aclaró que las condiciones laborales de los docentes siempre fueron difíciles y que la situación económica obligaba a muchos maestros a trabajar en varias instituciones.
Los recuerdos del cine y la vida cultural
Entre las historias que conserva aparece también el antiguo cine ubicado junto al Mosconi, un espacio que recuerda especialmente por su vínculo con la actividad cultural y estudiantil.
Cuando era adolescente y estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, Fernández participó junto a sus compañeros de una actividad para recaudar fondos para un viaje. El cine les fue prestado para realizar el evento.
Sin embargo, al día siguiente se produjo un incendio y comenzó a circular la versión de que los propios estudiantes podían haber sido responsables.
Fernández sostiene que aquello nunca fue aclarado. Según recuerda, se realizó una investigación y una de las hipótesis fue que alguien había dejado una colilla de cigarrillo encendida. “Nunca se supo”, afirmó.
La falta de cámaras y los controles de aquella época hicieron imposible determinar con precisión qué ocurrió. El recuerdo quedó asociado, de todos modos, a una etapa en la que el cine, el Mosconi y otros espacios funcionaban como escenarios de encuentro para estudiantes y vecinos.
La Escuela de Bellas Artes también fue determinante en su formación. Allí se recibió de maestra en Artes Visuales y posteriormente completó el profesorado.
Fernández recuerda que la primera Escuela de Bellas Artes funcionaba frente al muelle y que las actividades se desarrollaban principalmente durante la tarde. También fue la primera abanderada de la institución, un reconocimiento que con el tiempo se sumó a otros homenajes que recibió por su trayectoria.
La solidaridad como parte de la identidad del pueblo
Entre sus recuerdos de juventud también aparece una Caleta Olivia marcada por una fuerte solidaridad comunitaria. Fernández contó que trabajó junto a las Hermanas de la Providencia y participaba en la entrega de medicamentos y ropa durante los fines de semana.
El pan era aportado por Panco y los medicamentos por la Farmacia Atlántica, mientras distintas personas colaboraban para asistir a quienes más lo necesitaban. “Era una comunidad bastante solidaria”, destacó.
Ese sentido comunitario también se reflejaba en la vida cotidiana de los barrios, donde los vecinos se conocían, se acompañaban y se ayudaban entre sí.
Fernández recuerda particularmente a familias como los Cabrera, Vera, Cerezo y Ortiz, además de Don Viltes y otros vecinos que formaron parte de aquella etapa.
Los jardines, las rosas y la lucha contra el viento
Otro de los recuerdos que aparecen en su relato tiene que ver con las casas de YPF y los jardines que sus habitantes construían pese a las condiciones climáticas.
Fernández cuenta que muchas familias provenientes del norte intentaban reproducir en sus patios parte de las costumbres que habían dejado atrás. En su caso, su familia plantó damascos, duraznos, viñedos y, especialmente, rosales. “Los rosales era algo que no podía faltar en una casa”, recordó.
El desafío no era menor. El agua se obtenía de pozos y había que proteger las plantas del viento, que podía alcanzar velocidades muy elevadas.
Su padre, según relató, había elegido inicialmente el barrio Mar del Plata precisamente porque las elevaciones del terreno funcionaban como refugio frente al viento. Esos recuerdos también aparecen hoy cuando observa los temporales que afectan a la ciudad. Fernández aseguró que quienes crecieron en aquella época aprendieron a convivir con el viento y las condiciones climáticas.
Una escritora que tardó años en mostrar sus textos
Aunque hoy es reconocida por su trabajo literario e histórico, Fernández contó que comenzó a escribir desde muy pequeña y que durante muchos años mantuvo esa faceta en privado. “A los ocho años empecé a escribir”, recordó. A los 12 años participó de un concurso del Diario Crónica y recibió un premio especial. Sin embargo, durante décadas siguió escribiendo para ella misma. Guardaba sus cuadernos y no imaginaba que algún día esos textos terminarían convertidos en libros.
El cambio llegó hace aproximadamente cinco años, cuando entabló amistad por internet con un escritor de Comodoro Rivadavia. Él la invitó a un encuentro de escritores en El Maitén y Fernández decidió llevar consigo un pequeño diario en el que había comenzado a contar su propia historia. De aquel encuentro nació “Nací Poeta”, su primer libro, donde recuperó sus experiencias desde la infancia. “Ahí nació mi primer libro, donde cuento mi vida desde niña, donde yo viví”, relató.
A partir de entonces comenzó a publicar con mayor frecuencia y, según contó, ya lleva ocho libros. El proceso también le permitió descubrir que había realizado muchas cosas a lo largo de su vida sin dimensionar en ese momento el valor que podían tener.
Su trabajo de investigación la llevó posteriormente a profundizar en la historia de Caleta Olivia y, particularmente, en la etapa de YPF. “El Sur Nos Habla, un tesoro de recuerdos de YPF” es uno de los resultados de esa investigación, iniciada hace aproximadamente tres años. Fernández reunió fotografías, testimonios y datos que, según explicó, no siempre resultaron fáciles de encontrar.

La importancia de escribir la historia
Para Fernández, recuperar documentos, fotografías y testimonios es fundamental para evitar que la historia local se pierda. Por eso, además de escribir sus propios libros, intenta incentivar a instituciones y organizaciones a conservar sus archivos, aunque no necesariamente tengan como objetivo publicar una obra. “Hay que escribir, hay que escribir la historia”, sostuvo.
En ese sentido, mencionó al Pedal Club como una de las instituciones que conserva buena parte de su documentación histórica y señaló que también intentó recuperar información en capillas, parroquias e iglesias.
Su propuesta es sencilla: mantener actas, fotografías y documentos para que las futuras generaciones puedan reconstruir la historia de las instituciones y de la propia ciudad. “Siempre le digo a los chicos, hay que escribir todo y hay que dejarlo”, explicó. También considera que la escritura y las distintas expresiones artísticas cumplen un papel fundamental en la formación de las personas. Para Fernández, la música, la literatura, el folclore y el arte son herramientas que “abren puertas”.
Una docente que todavía encuentra a sus alumnos
Su trayectoria como docente ocupa otro lugar importante en su historia. Fernández recuerda especialmente su paso por el Instituto Marcelo Spínola, al que considera su “segunda casa”. Allí, explicó, reforzó valores que ya había recibido de sus padres, particularmente el respeto, la escucha y el acompañamiento hacia los estudiantes.
Años después, continúa encontrándose con exalumnos convertidos en profesionales, trabajadores y artistas. Algunos siguieron carreras vinculadas con las artes visuales, la música y el canto, mientras que otros se desempeñan en distintas profesiones.
Cuando se cruza con ellos, asegura que todavía insiste con el mismo mensaje que transmitía durante sus años como docente: estudiar. “Estudia lo que a vos te guste, pero estudia”, es una de las frases que mantiene como consejo para las nuevas generaciones.
Actualmente conserva contacto con integrantes de la comunidad educativa del Marcelo Spínola y también continúa vinculada con distintos proyectos culturales.
Sus próximos libros y la cultura como motor de una ciudad
Fernández trabaja actualmente en un nuevo libro dedicado a Nuestra Señora del Rosario de Cañadón Seco, cuya presentación está prevista para las próximas semanas.
Su obra más reciente es “Alquimia Austral”, una antología que reunió a 39 artistas de Santa Cruz. El proyecto demandó alrededor de un año de trabajo y reunió a escritores, escultores, artistas plásticos, cantautores y fotógrafos. La idea, adelantó, podría tener continuidad con una nueva antología que permita incluir a artistas que no pudieron participar de la primera edición.
Entre los participantes hay numerosos representantes de Caleta Olivia, algo que Fernández considera especialmente importante porque permite mostrar la identidad artística de cada localidad. “Cada uno, el mensaje que dejamos en la identidad de cada localidad”, explicó. También contó que la primera edición de “Alquimia Austral” tuvo una tirada de 250 ejemplares, a los que se sumaron posteriormente otros 200. Actualmente le quedan apenas cinco ejemplares.
Más allá de los libros, Fernández sostiene que su principal apuesta continúa siendo la cultura. En el cierre de la entrevista dejó un mensaje para la comunidad de Caleta Olivia: “Sigamos apostando a la cultura que ha crecido mucho en Caleta Olivia, que es la única forma de sacar a los pueblos”.
Su historia, en definitiva, combina la memoria de una ciudad que creció alrededor de YPF, la trayectoria de una docente y artista y el trabajo de una escritora que decidió recuperar aquello que durante años permaneció guardado en fotografías, cuadernos y recuerdos.
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