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Historias que inspiran: llegó desde Chile para un casamiento y decidió quedarse para siempre
Hay decisiones que se toman casi por casualidad, pero terminan cambiando el rumbo de toda una vida. Eso fue lo que le ocurrió a Daniel Godoy, conocido por muchos vecinos de Caleta Olivia simplemente como “Dani”, “el Chileno”.
- Por El Caletense | 08/09/2026
Nacido en Puerto Aysén, Chile, llegó a Caleta Olivia en agosto de 1984 para asistir al casamiento de una de sus hermanas y, sin imaginarlo, encontró el lugar donde construiría su futuro.
Próximo a cumplir 62 años, Daniel compartió su historia de vida en el ciclo “Historias que inspiran”, donde repasó su infancia, sus orígenes, su llegada a Caleta Olivia, su extensa trayectoria laboral, su pasión por el fútbol y una dura batalla personal contra el cáncer que le cambió definitivamente su manera de entender la vida.
Más de cuatro décadas después de haber llegado a la ciudad con apenas 19 años, Daniel puede decir con orgullo que Caleta Olivia no es solamente el lugar donde vive: es su hogar.
Daniel nació el 9 de diciembre de 1964 en Puerto Aysén, en la undécima región de Chile. Sin embargo, a los cinco años se trasladó junto a su familia a Rancagua, ciudad ubicada a unos 90 kilómetros de Santiago, donde vivió hasta los 12 años.
Posteriormente regresó a Puerto Aysén, donde pasó su adolescencia junto a su madre, su padrastro y sus hermanos. Se define como el menor de la familia y recuerda especialmente la fuerte personalidad de su madre, a quien reconoce como una de las personas más importantes en su formación. “Lo que soy como persona hoy en día se lo agradezco a mi madre”, expresó Daniel al recordar los valores que recibió durante su crianza: humildad, respeto y responsabilidad.
Su madre tenía un negocio vinculado a la actividad nocturna en Puerto Aysén, mientras que su padrastro trabajaba como chofer. Daniel reconoce que crecer en ese ambiente le permitió conocer diferentes realidades desde muy joven, aunque también hubo experiencias que marcaron su forma de pensar sobre la familia. “Hubo una época en la que ese ambiente también me cansó. Entonces dije que cuando tuviera mi propia familia quería apartarla de ciertas cosas”, recordó. Por eso, asegura que siempre intentó mantener una dinámica diferente en su hogar, priorizando la tranquilidad y el cuidado de su familia.
Sin embargo, pese a las particularidades del entorno en el que creció, destaca que la vida familiar estuvo marcada por una educación estricta y principios firmes. “Mi vieja era muy rajatabla”, recordó entre risas, describiendo a una mujer de carácter fuerte, pero también de enorme corazón.
Antes de convertirse en uno de los carniceros más conocidos de Caleta Olivia, Daniel tuvo otra gran pasión: la música. Durante su adolescencia aprendió a tocar la batería de oído y, con apenas 12 años, tuvo su primera experiencia frente a un público.
El debut ocurrió durante una tradicional celebración de Fiestas Patrias en Chile. Un conocido de su madre había organizado una ramada y necesitaba músicos. Daniel tocaba habitualmente en su casa y su talento no pasó desapercibido. Sin embargo, el joven Daniel no quería subir al escenario.
La ramada estaba llena de gente y él era apenas un niño, pequeño y delgado, escondido prácticamente detrás de la batería. Pero su madre fue contundente y no le dejó demasiadas opciones.
Así, casi obligado por las circunstancias, subió al escenario y comenzó a tocar. “Le dije al músico: toquemos primero una rancherita como para entrar en confianza. Una ranchera, un paso doble, y ahí arranqué”, recordó entre risas. La música lo acompañó durante varios años y reconoce que fue una de las grandes pasiones de su juventud.
Sin embargo, en 1987, cuando comenzó una relación con quien sería la madre de sus dos hijos mayores, tomó la decisión de dejar la batería. “Me dijo: la música o yo”, recordó con humor.
Aunque nunca abandonó completamente el gusto por la música, reconoce que la batería es una de las grandes asignaturas pendientes de su vida. Hace algunos años compró unas timbaletas y todavía, en reuniones familiares o con amigos, disfruta improvisando canciones simplemente por diversión. “Tocar la batería fue algo que me gustaba mucho. Creo que fue una de las cosas pendientes que tuve”, confesó.
Durante su estadía en Rancagua tuvo la posibilidad de asistir frecuentemente al estadio para ver jugar a O Higgins, acompañado por un amigo cuyo padre trabajaba como carabinero. Aunque nunca llegó a formar parte de las divisiones inferiores de un club profesional, jugó intensamente en equipos de barrio y mantuvo siempre una estrecha relación con el deporte. Cuando llegó a Caleta Olivia, el fútbol se convirtió también en una herramienta de integración.
Sus primeros partidos surgieron junto a compañeros de trabajo. Más tarde participó en uno de los primeros torneos de Liga de Barrio, donde integró el Deportivo Quintana, un equipo formado junto a trabajadores y amigos. “Había como 25 equipos y lo ganamos. Teníamos buenos jugadores”, recordó.
Posteriormente fue invitado a jugar en la Liga Norte, donde tuvo un paso por Olimpia, aunque las responsabilidades familiares y laborales comenzaron a limitar su participación. Con el tiempo siguió ligado al fútbol y llegó a jugar hasta los 41 años en la categoría principal, defendiendo los colores de Petrolero. “Siempre me cuidé y entrené, eso me permitió seguir jugando durante muchos años”, explicó. Actualmente continúa vinculado al deporte y al club Estrella, institución de la que forma parte desde hace cerca de 18 años.
En 1984, cuando tenía 19 años, Daniel viajó a Caleta Olivia para asistir al casamiento de una de sus hermanas. La idea inicial era permanecer apenas unos días, pero la ciudad comenzó rápidamente a conquistarle. Su primera oportunidad laboral llegó casi de inmediato. Comenzó realizando changas descargando camiones en la firma Quintana y quedó sorprendido por la remuneración y, especialmente, por el trato recibido. “Lo que más me gustó fue el trato de mis compañeros y de mis patrones”, recordó.
Con el paso de los días comenzó a pensar seriamente en quedarse, cuando su madre le anunció que era momento de regresar a Chile para continuar sus estudios, Daniel tomó una decisión que marcaría definitivamente su vida. “Yo no me voy a Puerto Aysén. Yo me quedo trabajando acá”, le dijo, y se quedó.
“Si volviera el tiempo atrás y tuviera la posibilidad de volver a Caleta, lo haría nuevamente. Fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida”, afirmó.
La Caleta Olivia de mediados de los años 80 representó para Daniel un mundo completamente distinto al que conocía en Chile. Las calles llenas de gente durante la noche, las reuniones familiares, las fiestas, el fútbol en la playa y la intensa vida social fueron algunas de las cosas que más lo sorprendieron.
También recuerda con especial cariño los años compartidos junto a sus compañeros de trabajo. Los partidos de fútbol, las comidas, las celebraciones de Navidad y los encuentros familiares terminaron de convencerlo de que había encontrado su lugar. Incluso el fuerte viento de Caleta Olivia, que durante años fue uno de sus mayores desafíos, terminó convirtiéndose en parte inseparable del paisaje cotidiano.
Hoy, después de más de cuatro décadas en la ciudad, Daniel no tiene dudas. “Caleta Olivia es mi hogar. Acá tengo mi familia, mis hijos, mis nietos. Acá hice mi vida, pasé momentos maravillosos y también momentos duros, como le pasa a cualquiera”, sostuvo.
Su arraigo es tan profundo que reconoce que cada vez que sale de vacaciones, después de algunos días comienza a extrañar su ciudad. “Llego al cruce de Comodoro y es como que me vuelve el alma al cuerpo”, contó.
Para Daniel, el sentido de pertenencia hacia Caleta Olivia y Santa Cruz es absoluto, “yo siempre digo que soy un argentino nacido en Chile”, expresó.
Daniel reconoce que vivir tantos años en Argentina también generó situaciones particulares respecto a su identidad. Cuando visita Chile, sus amigos suelen bromear diciéndole que ya es argentino. Pero en Argentina, ocasionalmente, todavía recibe comentarios vinculados con su nacionalidad chilena. “Voy a Chile y me dicen que no tengo que hablar porque soy argentino. Y acá, cuando opinás algo, alguno te puede decir: vos sos chileno, ¿qué hablás? Entonces digo que no soy de aquí ni soy de allá”, contó entre risas.
Sin embargo, su identidad está profundamente ligada a Caleta Olivia. “Tengo más años de vida acá que en mi país. Acá está mi familia, mis hijos, mis nietos, mis amigos. Acá hice toda mi vida”. Daniel también reflexionó sobre la importancia de valorar el lugar donde uno vive. Reconoce que Caleta Olivia tiene problemas, como tantas otras ciudades, pero considera que eso no debería transformarse en un motivo permanente para despreciarla.
“Se puede decir que estamos mal en muchas cosas, pero hay formas de decirlo. A mí me molesta cuando se habla mal de Caleta como si no sirviera para nada. Hay mucha gente que trabaja acá, que hizo su casa, que formó su familia y construyó todo acá”.
Para él, muchas veces quienes llegaron desde otros lugares desarrollan un fuerte sentido de pertenencia porque aprendieron a valorar las oportunidades que encontraron. “Quizás el que nació acá no se da cuenta del lugar que tiene porque siempre estuvo acá. Uno a veces recién valora las cosas cuando las pierde”.
Su ingreso laboral comenzó descargando camiones y trabajando en depósitos, pero poco a poco fue acercándose al sector de carnicería. Allí empezó a aprender el oficio junto a otros trabajadores que le enseñaron desde las tareas más básicas hasta el desposte y la preparación de los diferentes cortes.
Sin estudios formales en el rubro, Daniel construyó su profesión a través de la experiencia, la observación y el aprendizaje diario. “Yo creo que eso era lo mío: la atención al público, conversar con el cliente”, aseguró. Con el tiempo comprendió que ser carnicero era mucho más que cortar carne.
“La carnicería viene siendo como un arte”, explicó, para él, el oficio requiere conocimiento, organización, limpieza, buena atención y, fundamentalmente, la capacidad de generar confianza con cada persona que cruza el mostrador.
Durante la entrevista, Daniel también compartió algunos de los conocimientos adquiridos durante décadas dentro del rubro. Consultado sobre cuál es el mejor corte para un asado, aseguró que no existe una única respuesta. “El mejor corte depende del gusto de cada persona. Hay gente que prefiere vacío, otros costilla, falda o entraña”, explicó. Sin embargo, destacó que muchas veces la clave no está solamente en el corte, sino en el tipo y la madurez del animal.
Para Daniel, una buena carne de novillo puede tener más sabor que una carne de ternera, aunque esta última sea más tierna. “El novillo tiene madurez y una carne más sabrosa. La ternera puede ser más blanda, pero no tiene el sabor que tiene un buen novillo”, señaló. También reconoció su preferencia por el capón por encima del cordero, especialmente por el sabor característico de su carne.
Son conocimientos que, según asegura, fue incorporando con el paso de los años y la experiencia, “todo eso lo aprendí trabajando”, resumió. Durante décadas, Daniel atendió a cientos de vecinos de Caleta Olivia. Muchos de ellos se transformaron en clientes habituales y, con el tiempo, en personas cercanas.
Escuchar, conversar y mantener siempre una buena predisposición fueron algunas de las características que marcaron su trayectoria. “Nunca jamás tuve problemas con un cliente”, aseguró, aunque recordó una única situación conflictiva que logró resolver sin responder con violencia.
Su filosofía era sencilla: “Hay que sumar clientes, no restar. Uno vive del negocio y tiene que defender el negocio”. Esa forma de trabajar hizo que muchos vecinos lo siguieran incluso cuando cambiaba de lugar de trabajo. Su nombre se convirtió en una referencia dentro del rubro y, para muchos, comprarle carne a “Dani el Chileno” era también encontrarse con una charla, un consejo o simplemente una sonrisa.
Además de “Dani” y “el Chileno”, otro de los apodos que lo acompaña es “Centeya”. El sobrenombre nació durante una reunión con amigos después de un partido de fútbol. Daniel comenzó a contar historias y anécdotas frente al fogón, haciendo reír a todos los presentes. Desde entonces, algunos comenzaron a compararlo con un conocido humorista chileno y el apodo quedó instalado. Su facilidad para contar historias, conversar y conectar con la gente parece haber sido una característica constante durante toda su vida.
Y esa personalidad también quedó reflejada en la gran cantidad de mensajes que recibió durante su participación en la radio, donde amigos y conocidos lo describieron como un buen jugador de fútbol, humorista y, principalmente, una excelente persona.
Pero detrás de la historia de trabajo, fútbol y amistades, Daniel atravesó uno de los momentos más difíciles de su vida. En 2018 recibió un diagnóstico de cáncer de próstata con metástasis ósea. Los estudios revelaron valores extremadamente elevados y, luego de nuevas pruebas, recibió la confirmación de que tenía un tumor de próstata que ya había avanzado.
“Me dijeron que estaba avanzado. En un momento me dijeron que quizás tenía tres años y no mucho más”, recordó. Daniel relató que hubo momentos en los que prácticamente no podía caminar ni sentarse. El dolor afectaba completamente su vida cotidiana y llegó a pasar noches enteras sin poder descansar. “Dormía una hora, dos horas por día. Hubo momentos en que quería dormirme y no despertar más, porque el dolor era insoportable”, relató.
En lugar de viajar a Buenos Aires, como le recomendaban algunas personas, decidió realizar su tratamiento en Caleta Olivia. Comenzó un tratamiento de hormonoterapia bajo seguimiento médico y, poco a poco, su estado comenzó a mejorar. “Me dijeron que si la hormonoterapia no funcionaba, íbamos a tener que pasar a quimioterapia. Pero empecé a responder bien al tratamiento”. Con el tiempo volvió a caminar, a entrenar y, finalmente, a jugar al fútbol.
Actualmente continúa bajo controles y tratamiento oncológico. “Gracias a Dios voy bien. Tengo controles permanentes, estudios y seguimiento, pero me siento bien. Y yo sé que tengo varios años más”, afirmó con optimismo. Dentro de ese difícil proceso, Daniel vivió una experiencia que considera fundamental en su recuperación emocional y espiritual. Siempre se consideró creyente, pero durante el tratamiento decidió bautizarse en una iglesia cristiana.
Ese día llegó al templo atravesando nuevamente una fuerte crisis de dolor, había recibido medicación y analgésicos, pero el sufrimiento continuaba. “Me bauticé y después sentí mucho frío. Me quebré, lloré. Fue una experiencia muy fuerte”, recordó. Esa noche, luego de meses de dormir apenas algunas horas por el dolor, logró descansar durante toda la noche. A la mañana siguiente despertó sin el dolor que lo había acompañado durante tanto tiempo.
Daniel interpreta ese momento como una experiencia profundamente espiritual. “Yo no puedo decirle a nadie qué tiene que creer, pero para mí fue algo muy fuerte. Desde ese día mi vida cambió”, expresó.
La enfermedad modificó por completo su forma de mirar el mundo. Daniel asegura que antes del diagnóstico ya era una persona optimista, pero la experiencia lo llevó a valorar situaciones que antes podían parecer cotidianas. “Cuando la vida te golpea fuerte, aprendés a vivir”, resumió.
Hoy agradece poder levantarse, caminar, correr, jugar un partido de fútbol, compartir una comida o simplemente estar junto a las personas que quiere. “Hubo un momento en que yo solamente quería poder sentarme y comer tranquilo. Hoy puedo caminar, correr, jugar al fútbol, salir a trabajar. Son cosas que uno da por sentadas hasta que las pierde”.
Uno de los momentos que más lo marcó ocurrió cuando volvió a jugar al fútbol. Después de un partido en el que consideraba que había jugado mal, salió molesto y frustrado. Un compañero se acercó, lo abrazó y le dijo una frase que nunca olvidó. “¿De qué te quejás de que jugaste mal? El mejor partido de tu vida lo vas ganando”.
“Me cayó un balde de agua fría. Y es verdad. Después de todo lo que había pasado, poder estar nuevamente en una cancha ya era una victoria”.
Considera que muchas veces las personas viven preocupadas por el futuro, por las cosas materiales o por problemas que todavía no ocurrieron. “Tenemos que disfrutar el día a día. No sabemos si mañana vamos a estar. Hay personas que hoy se fueron a dormir y no despertaron”.
Para él, el verdadero éxito no está necesariamente en los bienes materiales, “nos criaron pensando que el éxito era tener cosas, y no es así. El éxito de la vida pasa por otras cosas: por tener salud, por abrazar a los seres que querés, por poder compartir, caminar, disfrutar”.
“No sabemos vivir la vida hasta que nos chocamos y caemos al piso. Cuando te golpea la vida bien fuerte, como me golpeó a mí, aprendés a vivir”. Su principal recomendación es realizar controles médicos periódicos y consultar con profesionales de la salud. “Un chequeo una vez por año no cuesta nada. Un análisis de sangre puede detectar muchas cosas a tiempo”.
Daniel destacó la importancia de realizar los estudios correspondientes para el control de la próstata y no esperar a que aparezcan síntomas o dolores. “Muchas veces vamos al médico cuando ya tenemos dolor, y hay cosas que se pueden evitar o detectar antes”.
Su historia, además de ser un testimonio de lucha, se transforma así en un mensaje de concientización
Desde su infancia en Chile, pasando por sus años como músico, su llegada casi accidental a Caleta Olivia, su extensa carrera como carnicero, su pasión por el fútbol y la batalla contra una enfermedad compleja, Daniel Godoy construyó una historia atravesada por el trabajo, la amistad, la familia y la perseverancia.
Llegó a Caleta Olivia con apenas 19 años, para asistir a un casamiento y pasar algunos días. Llegó prácticamente con una bolsa y pocas certezas sobre su futuro, más de cuatro décadas después, tiene hijos, nietos, amigos, una familia y una vida completamente construida en esta ciudad.
Va de visita, recorre los lugares de su infancia y comparte con sus seres queridos, pero sabe que su lugar está en otro lado. “Caleta Olivia es mi hogar. Yo amo Caleta. La provincia de Santa Cruz es mi lugar en el mundo”, afirmó.
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